Misa con familiares de las
Víctimas de Cromagnon
Homilía de monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar de Buenos Aires, en la misa de familiares y víctimas de Cromagnon
(9 de marzo de 20 
• “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá: y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.” Esto es lo que desde el evangelio de Juan hemos proclamado hoy. Esto dijo Jesús a su buena amiga Marta e, inmediatamente, le preguntó: “¿Crees esto?”.
• Es una afirmación de Jesús y una pregunta que se dirigen a lo más hondo de cada uno de nosotros y que sólo desde esta hondura puede captarse y puede responderse. Desde la hondura de experiencia y de realidad humana en que las palabras “vida” y “muerte” tienen sentido, son algo decisivo para cada mujer y cada hombre, son lo más decisivo e importante.
• A la pregunta de su amigo Jesús: “¿Crees esto?” Marta responde con un “Sí, Señor”, “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Es decir, porque cree en Jesús como Mesías, como Hijo de Dios, como Enviado del Padre, se atreve a decir que también cree en aquello tan difícil de creer para el hombre: que el que haya muerto, vivirá, y el que está vivo, no morirá para siempre. Es su fe en Jesús lo que le permite dar el salto a la fe en la victoria de la Vida sobre la muerte, el salto a la fe en la resurrección personal.
• Marta conocía la vida de Jesús, su trayectoria, sus palabras y sus acciones, sus actitudes, las posturas que había tomado ante tantas y tantas cuestiones importantes para la vida de aquellos hombres; y Marta estaba convencida de que Jesús era de fiar, de que era “legal” —como gustan decir muchos jóvenes hoy día— y aceptaba, por tanto, que no había engaño en su palabra, que había sinceridad en él.
• Jesús había mostrado su fiabilidad, su credibilidad, no en momentos espectaculares y grandiosos, sino en el trato diario con los hombres y las mujeres, en su actitud ante los pobres, enfermos, marginados, en su valor para desenmascarar las hipocresías religiosas, en su libertad ante todo y ante todos.
• Cada día, en cada momento, este evangelio cobra vida. La muerte no es sólo el instante final. La muerte, en definitiva, no es sino la culminación de todas las pequeñas muertes diarias llamadas miedos, limitaciones, ignorancias, humillaciones, esclavitudes, sufrimientos, angustias. Y el miedo a la muerte es lo que hace al hombre impotente para luchar. Jesús libera al hombre de la muerte, le salva de su miedo y lo hace capaz de resistir, ya, toda opresión.
• Innumerables son hoy nuestros sepulcros. Desde las catacumbas hasta los sepulcros grandiosos o artísticos. Tumbas de cristianos, marcadas por una serena esperanza. Pero hay otra clase de sepulcros donde muere la esperanza.
• El sepulcro de la tristeza. Cuando el pesimismo o la desilusión nos envuelve, algo muy importante ha muerto en nosotros: cuando no disfrutamos con entusiasmo la existencia, ni no escuchamos la sinfonía de la vida, no podemos reír al menos una vez al día, el no poder entrar en comunión con la naturaleza, el alegrarse por la verdad y el amor, es estar avaramente muertos.
• El sepulcro del egoísmo. El que no ama está muerto. Vivir para sí es condenarse a morir por asfixia. Sólo el que pierde su vida, vive. Sólo el que vive con, por y para otro está vivo.
• El sepulcro de la esclavitud. Las esclavitudes íntimas, las de las cosas, de las circunstancias, de los prejuicios, de los demás. Muchos son los tiranos, que se apoderan del nombre de cultura, progreso, consumo, patria, incluso religión. Hemos vendido el alma por un bienestar y ha muerto nuestra capacidad de trascendencia, de buscar más allá.
• El sepulcro de la falsedad y el error. Se nos pinta la realidad del color que le conviene a algunos y vivimos en un mundo de engaños. Se nos ha falseado la verdad del amor, la felicidad, el éxito, el sufrimiento, la muerte y la vida. Si vivimos en una realidad falsa estamos muertos a la verdadera vida.
• Vivimos más de ilusiones que de verdades. Vivimos más de recuerdos y deseos que de esperanzas constructoras. Somos, pero no nos tenemos y así, estamos muertos.
• El sepulcro del miedo. Del miedo a enfrentarse a la propia verdad, del miedo a lo que puede pensar o decir la gente, del miedo al tiempo, a los años, al fracaso, a la soledad, al dolor, a la vida.
• El sepulcro del vacío. Estamos llenos de cosas, pero insignificantes, preocupados por una cantidad de problemas, sin importancia estamos vacíos; relacionados con muchos maneras, pero superficiales; apurados, pero sin rumbo. Es la por anemia. Se nos escapó el alma.
• Vivimos sin vivir. La verdadera vida se nos escapa: “algo que nos pasa, mientras nosotros estamos ocupados en otra cosa” (J. Lennon). ¿Quién abrirá nuestros sepulcros? Sepulcros de mediocridad, ni fríos ni calientes, endurecidos y acostumbrados, ¿quién nos dará la mano para salir de esas grises sepulturas? ¿Y quién gritará y llorará sobre nuestras tumbas para rescatarnos de la muerte y devolvernos el calor de la vida?
• Pero hoy escuchamos otra vez la promesa que da sentido a la vida: “Yo abriré sus sepulcros”. “Yo soy la Resurrección y la Vida; quien cree en mí, aunque muera, vivirá.” Sólo un Dios que ama puede hablar así. Un Dios que comunica vida sin cesar, un Dios que incesantemente Creador, un Dios que se llama Amor.
• “Yo abriré sus sepulcros”: Dios no nos creó para la muerte. Dios nos está creando ininterrumpidamente. Ininterrumpidamente está soplando sobre nosotros su Espíritu vivificador, ininterrumpidamente nos está curando y levantando las losas de nuestros sepulcros, y nos está gritando: “¡Yo soy la Resurrección y la Vida!”. Así todas nuestras muertes se están convirtiendo en Pascuas.
• “Yo abriré sus sepulcros”: Yo convierto sus tristezas en fiesta, no hace falta quitar el dolor, sino iluminarlo de forma distinta, mirarlo con ojos nuevos.
• Yo los libro de sus miedos y esclavitudes, para que sean hombres libres para siempre. Yo estoy saciando su sed y su hambre, y pondré en sus entrañas agua y comida inagotables. Yo los llevo a la región de la Verdad y del Amor, y los hago mis hijos predilectos.
• “Yo abriré vuestros sepulcros”: No se guarda Dios sólo para la vida eterna. Nos la empieza a conceder ya. La vida eterna no es duración ilimitada de nuestra experiencia y nuestra historia, sino la entrada en una nueva dimensión, superadora de todo lo que pueden esperar y soñar. Espíritu derramado en el corazón, Reino de Dios en nosotros. Dios mismo que mora en nuestra casa.
• “Yo soy la Resurrección y la Vida”: Si Él, si la Vida está en nosotros, ya podemos mirar a la muerte con ojos y corazón distintos. La muerte no tiene por qué ser amarga. Si Jesús es la vida ya no habrá muerte. No hay nada que temer. La muerte, vencida, ha sido incorporada a la Vida. La muerte es vida.
• En esto creemos, esto celebramos y ésta es la esperanza que nos mantiene vivos.
Monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar de Buenos Aires